En un bar en el centro de la oscilante Moscú se encontraban reunidos una serie de hombres con traje, todos recostados en un sofá de cuero; cada uno con un whisky en la mano. Las risas y la perversión parecían ser un pecado llamativo para los políticos rusos. Esas sucias bocas, llenas de deseos insatisfechos, que aun con todo el poder del mundo no serían suficientemente satisfechas.
Irónicamente, en medio de las tensiones que crecían a pasos peligrosos entre la opinión pública, el gobierno y el