La sala de operaciones estaba en silencio absoluto, el sonido del tecleo frenético de los terminales era lo único que interrumpía la atmósfera tensa. Leo, con las cejas fruncidas y el rostro cubierto por una sombra de concentración, no dejaba de revisar la información que había extraído del sistema de satélites. Los movimientos del enemigo eran sofisticados, casi perfectos, como si hubieran anticipado cada uno de sus pasos. La ansiedad crecía con cada segundo que pasaba, pero aún quedaba una ca