—Contesta esa llamada, Alessandro. Que todos en esta sala sepan quién está jugando con el dueño de Nueva York.
Elena suavizó su tono deliberadamente, permitiendo que un miedo evidente se filtrara en cada palabra. Sus ojos se clavaron en el abrigo de Alessandro.
Alessandro no se movió de inmediato. Sus ojos grises lanzaron una mirada rápida a su esposa antes de enfocarse en la pantalla brillante del teléfono.
—¿Crees que necesito tu permiso para atender una llamada en mi propia casa, Elena? —sis