95. No pienso.
Su cuerpo está carbonizado en algunas partes, la piel colgando en jirones, pero la sombra que lo habita lo mantiene vivo. Sus ojos son dos pozos de negrura.
Y Rita está ahí, entre sus manos.
Me congelo.
Él aprieta sus dedos alrededor de su cuello, con una calma aterradora.
—Deberías haberte quedado en el suelo, hermano.
El odio arde en mis entrañas, más caliente que las llamas a nuestro alrededor.
—Soltala.
Su sonrisa es pura crueldad.
—¿Por qué lo haría? Ya perdiste. Tu manada te odia. Los caz