80. El olor a sangre lo cubre todo.
El suelo es un charco espeso, oscuro, donde los cuerpos se retuercen en su última lucha por aferrarse a la vida. Puedo oler el cobre caliente en el aire, la carne rasgada, los huesos rotos. Mis garras están teñidas de rojo, y la sangre aún gotea de mi hocico. Pero no es suficiente.
Porque Natan sigue en pie.
Se tambalea, con una mano presionando el agujero en su costado donde lo mordí. Su pecho se agita con cada respiración forzada, su piel está pálida, y la sangre empapa su costado. Pero sonrí