73. El rugido de la bestia.
El eco de los pasos de Natan se desvanece en la distancia, dejándome en un silencio sofocante.
El dolor en mis muñecas y tobillos es constante, punzante, pero no peor que la ira que me consume por dentro. La impotencia es un veneno que se filtra en cada fibra de mi ser. Tiro de las cadenas otra vez, esta vez con más furia, sintiendo cómo el metal corta mi piel. La sangre caliente escurre por mis dedos, pero no me importa.
No puedo quedarme aquí.
No puedo dejarla con ellos.
Rita.
El pensamiento