34. El rostro de la guerra.
La niebla cubría el suelo, espesándose conforme me acercaba al territorio de la manada. Cada paso que daba era más pesado, como si la tierra misma quisiera retenerme, frenarme, hacerme dudar. Pero no podía. Mi mente estaba llena de imágenes de Rita, de su rostro, de su fragorosa ternura, de la forma en que me había visto cuando estaba al borde de la muerte, y cómo me había salvado. Sabía lo que significaba para mí ahora. Sabía que no podía abandonar lo que había comenzado con ella, pero también