Luna
Llegamos a un hotel discreto, de esos con entrada directa a las habitaciones. Él pagó, sin decir nada, y en cuanto se cerró el portón automático detrás del coche, sentí cómo mi corazón se aceleraba.
Subimos las escaleras de la habitación con prisas. En cuanto la puerta se cerró, se giró hacia mí, quitándose la camisa de un solo movimiento.
—Quítate ese vestido —dijo él.
Cruzó los brazos.
—Primero, muéstrame el dinero —respondí.
Él fue hasta su pantalón, sacó un fajo doblado en el elástico