—Oye… ¿por qué no vas a casa? —pregunté.
Ella se quedó mirándome unos segundos, evaluando si aceptaba o no. Y yo sabía que ella estaba en esa de mantenerse distante. Pero aun así, insistí con calma.
—Rapidito… solo para llenar el estómago. Comemos algo, te dejo en casa después. Si quieres, ni siquiera tienes que bajar del coche, lo cojo y te lo traigo —dije yo.
Ella soltó una risita débil, medio cansada, medio sin gracia. Se arregló el vestido pegado a las piernas y dijo:
—Está bien… pero s