CAPITULO 13
Al ver que muerde su labio inferior con esa mezcla de nerviosismo y timidez, fue para mí como una invitación directa, clara y ardiente para que lo hiciera. Esa simple e inocente acción me provocó demasiados deseos de golpe, desbaratando por completo mi habitual autocontrol y toda la lógica que me define. No pude resistirme a la tentación de probarlos; ella misma me había dado el permiso con su mirada, y yo no era tan estúpido como para desaprovecharlo. Y, definitivamente, no me arrepiento en lo