78. Ni el FBI lo sabrá
Clara
El segundero del reloj de pared de la suite presidencial avanza con una parsimonia que me resulta casi insultante. Luis sigue sumergido en su ordenador, con el rostro iluminado por el reflejo de la pantalla y el sonido rítmico de sus dedos sobre el teclado llenando el vacío de la sala.
A un lado, Lucas camina de un extremo a otro, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, deteniéndose a intervalos regulares para mirar la ventana que da a la silueta nocturna de Chicago.
Y luego