Celeste
Cuando vi los ojos del vampiro, sentí cómo mi cuerpo y mi mente empezaban a ceder. La pulsera ardía como fuego; el poder de Valerius me absorbía, exigiéndome rendirme ante él.
—No hay forma de que te resistas, pequeña hechicera. Muchos más fuertes lo han intentado... y han fracasado —clamaba el hombre. Grité con desesperación, y entre mi agonía oí el lamento desgarrador de Índigo, un alarido que partía el alma.
—¡Por favor, Su Excelencia, se lo ruego! —suplicaba la mujer con desesperac