La velada fue alegre en casa de los Desfield. Fidélia, sentada frente a Stéphane, tenía una preocupación de la que no sabía cómo deshacerse.
– Apuesto a que tienes algo que decirme; Así que adelante, estoy escuchando, le repitió el profesor.
Fidélia, rompiendo a reír, preguntó a su interlocutor qué era lo que le inspiraba constantemente esa especie de imaginación.
– ¡Porque te conozco! Es cuando tienes algo que decir que empiezas a mirarme con lascivia.
La joven madre dio otra sonrisa misterios