Los viejos del clan se sentaban en semicírculo como jueces en las puertas del infierno. Sus palabras colgaban en el aire como una sentencia de muerte. Destierro. O peor. Sandra estaba de pie allí con su vestido apretado en sus puños y sus lágrimas aún mojadas en sus mejillas con la mano de Anthonio en su brazo donde la había atrapado.
"Quítale el título," dijo uno de los viejos, Carmine. Su voz era demasiado delgada y quebradiza para un hombre. "Donna Sandra ya no es Donna. Es propiedad ahora,