12. La mafia no da tregua
Gia
— ¡¿Qué haces?! —Enzo me miró como si hubiese perdido la cabeza cuando salté en el asiento copiloto del auto.
—Voy contigo.
— ¡No me jodas, Gia, es demasiado peligroso!
— ¿Permitirías que me pase algo?
— ¡Por supuesto que no!
— ¡Entonces deja de perder el tiempo y arranca!
El buen esbirro suspiró y negó con la cabeza soltando una pequeña maldición entre dientes. Entonces, encendió el motor de aquel Mazda negro antes de que las llantas derraparan en la carretera.
Quince minutos después, el G