Oregon condujo a toda velocidad. El motor rugía como una bestia furiosa, devorando el asfalto mientras la carretera se abría frente a nosotros en una línea interminable de oscuridad. Las luces se estiraban y deformaban, pero yo apenas veía el camino. No lo necesitaba. Todo mi mundo se había reducido a un solo punto, una sola obsesión, una sola herida abierta: Verena.
La rabia me recorría el cuerpo como una descarga eléctrica, violenta, incontrolable. Me temblaban las manos. Mi mandíbula estaba tan apretada que me dolía. El corazón me golpeaba el pecho como un martillo, tan fuerte que sentía que iba a romperme desde dentro. Cada latido era un recordatorio cruel de que seguía vivo… aunque no estaba seguro de quererlo.
Pensaba en ella sin descanso.
En sí estaba herida.
En sí había llorado. En sí había tenido miedo.
Pero incluso esos pensamientos quedaban eclipsados por uno mucho peor, uno que me estrangulaba el alma: la posibilidad de no volver a verla jamás.
Esa idea me apretaba la garga