Oregon condujo a toda velocidad. El motor rugía como una bestia furiosa, devorando el asfalto mientras la carretera se abría frente a nosotros en una línea interminable de oscuridad. Las luces se estiraban y deformaban, pero yo apenas veía el camino. No lo necesitaba. Todo mi mundo se había reducido a un solo punto, una sola obsesión, una sola herida abierta: Verena.
La rabia me recorría el cuerpo como una descarga eléctrica, violenta, incontrolable. Me temblaban las manos. Mi mandíbula estaba t