—¡Akron, estás actuando como un egoísta!
La voz de Verena cortó el aire como un látigo. Todavía estábamos en el pasillo del hospital, rodeados de paredes blancas que parecían absorber cada grito, cada reproche, cada herida abierta. Yo sentí cómo el estómago se me encogía antes incluso de que Akron respondiera.
—¿Egoísta? —replicó él, incrédulo—. Mamá, no tengo nada que ver con lo que pasó. La boda es en tres días y no la voy a cancelar.
Su tono era firme, pero debajo de esa seguridad yo percibía