POV Azkarion
Cuando por fin llegaron mis guardias, yo ya estaba fuera de mí.
Furioso.
No era una furia común, no era un arrebato pasajero.
Era una ira densa, espesa, que me quemaba por dentro como ácido.
Furioso porque habían tardado demasiado, porque cada segundo perdido había sido una invitación abierta al desastre, porque mientras ellos se movían con una lentitud imperdonable,
Marlen seguía libre, respirando, caminando… viva. Y mi esposa y mi hijo acababan de rozar la muerte.
Esa idea me perforaba la cabeza una y otra vez.
Salí de la habitación sin mirar atrás, dejando a Verena detrás de mí, y lo odié. Odié cada paso que me alejaba de ella.
Odié, no quedarme junto a su cama, no sostener su mano, no vigilar el leve movimiento de su pecho, asegurándome de que seguía respirando, de que seguía aquí.
Odié no poder prometerle, mirándola a los ojos, que nada ni nadie volvería a tocarla jamás.
Pero no podía permitirme el lujo de quedarme.
No cuando Marlen seguía ahí afuera.
La sangre me ar