Azkarion tomó la mano de aquella mujer sin previo aviso.
No fue un gesto impulsivo ni una reacción descontrolada. Fue un movimiento preciso, cargado de una rabia contenida que había sido reprimida durante demasiado tiempo.
Sus dedos se cerraron alrededor de la muñeca con una fuerza brutal, casi despiadada, y bastó ver el modo en que sus nudillos se tensaban para saber que no estaba fingiendo calma.
Incluso yo, desde donde me encontraba, pude imaginar el dolor que debía estar atravesando su carne.
Marlen soltó un quejido ahogado, un sonido agudo y lastimero que atravesó el silencio tenso del salón como una grieta repentina. El murmullo murió al instante.
Todas las miradas se volvieron hacia ellos.
—¡Hijo, suéltala! —intervino de inmediato el señor Derry D’Argent, avanzando un paso con el rostro pálido, más por miedo que por autoridad.
Azkarion obedeció.
Pero no lo hizo con delicadeza.
La soltó de golpe, como si el simple contacto con ella le resultara repugnante, como si tocarla un segu