Azkarion sonrió con esa calma peligrosa que siempre lo acompañaba cuando sabía que tenía el control, cuando sabía que dominaba la escena, incluso antes de que los demás comprendieran lo que ocurría.
Su mirada era firme, calculadora, y, sin embargo, había un dejo de diversión en sus ojos, como si disfrutara anticipar cada reacción, cada pequeño temblor que podía provocar en los presentes.
Y yo, a pesar de mí misma, sentí cómo mi corazón se aceleraba.
—Eso es porque quería sorprenderte —dijo, con total naturalidad—. Solo me casé por el civil. Y más que nada, fue porque mi mujer estuvo a punto de rechazarme. Cuando logré convencerla, apenas pude correr al primer juez disponible para que fuese mía. ¿No fue así como tú lograste casarte con la abuela?
El viejo Finneas estalló en carcajadas.
Una risa profunda, cálida, cargada de nostalgia y orgullo, que parecía llenar cada rincón de la sala.
Yo me quedé inmóvil, completamente perpleja.
Qué buen mentiroso… pensé, mientras un vértigo extraño m