Azkarion sonrió con esa calma peligrosa que siempre lo acompañaba cuando sabía que tenía el control, cuando sabía que dominaba la escena, incluso antes de que los demás comprendieran lo que ocurría.
Su mirada era firme, calculadora, y, sin embargo, había un dejo de diversión en sus ojos, como si disfrutara anticipar cada reacción, cada pequeño temblor que podía provocar en los presentes.
Y yo, a pesar de mí misma, sentí cómo mi corazón se aceleraba.
—Eso es porque quería sorprenderte —dijo, con