POV VERENA
Volvimos a casa con la esperanza, quizás ingenua, de que al menos por unas horas podríamos respirar. Que el mundo nos diera una tregua, aunque fuera mínima, después de todo lo que habíamos atravesado. Pero la paz rara vez llega sin condiciones. Esa sensación de alivio se vio interrumpida apenas llegamos a la mansión.
Afuera estaba Derry D’Argent. Su figura recortada contra la luz del atardecer parecía más oscura, más amenazante que nunca. No lo dejaron entrar. Lo vi detenido frente a las rejas, rígido, como un perro expulsado de su territorio.
Su postura carecía de dignidad; solo había rabia contenida, un resentimiento viscoso que se respiraba en el aire. No dijo nada, ni siquiera un murmullo. Su mirada era un filo que nos atravesaba, una amenaza muda que no necesitaba palabras.
No me detuve.
Tomé con fuerza la mano de Azkarion. Necesitaba que sintiera mi presencia, que supiera que no estaba solo, que yo estaba ahí, firme y decidida, incluso cuando el pasado se esforzaba po