Fui a la farmacia más cercana, casi corriendo, con el corazón acelerado y la mente hecha un nudo. Compré antipiréticos y volví enseguida, sin detenerme a pensar demasiado.
Estaba un poco asustada. No por la fiebre en sí, sino por todo lo que eso removía dentro de mí.
¿Por qué me importaba Azkarion?
No quería que me importara. Me repetía eso una y otra vez, como un mantra inútil. No quería, pero lo hacía, más de lo que quería admitir, más de lo que estaba dispuesta a aceptar.
Esa contradicción me