Fui a la farmacia más cercana, casi corriendo, con el corazón acelerado y la mente hecha un nudo. Compré antipiréticos y volví enseguida, sin detenerme a pensar demasiado.
Estaba un poco asustada. No por la fiebre en sí, sino por todo lo que eso removía dentro de mí.
¿Por qué me importaba Azkarion?
No quería que me importara. Me repetía eso una y otra vez, como un mantra inútil. No quería, pero lo hacía, más de lo que quería admitir, más de lo que estaba dispuesta a aceptar.
Esa contradicción me incomodaba, me dejaba expuesta, como si alguien hubiera arrancado una capa de protección que yo misma había construido con tanto esfuerzo.
Cuando volví al penthouse, llevé un poco de agua tibia, su medicina, y al entrar a la habitación lo encontré recostado en la cama. El contraste me golpeó.
Parecía normal, como cualquier humano. Estaba sudando, la piel húmeda, estaba pálido, vulnerable, pero todo parecía en calma.
Como si su propia presencia no enloqueciera mi mundo.
Me acerqué despacio. Cada