—Azkarion… este no era el trato.
Mi voz sonó firme, incluso desafiante, pero por dentro todo era un caos.
Las reglas que yo creía claras se estaban desdibujando frente a mí, y él lo sabía. Siempre lo sabía.
Azkarion sonrió, lento, con esa expresión peligrosa que no pedía permiso ni disculpas. No era una sonrisa amable; era la de un hombre que comprende el deseo ajeno como un arma y disfruta usarla con precisión quirúrgica.
Se acercó sin prisa, como si cada paso fuera una decisión calculada.
El espacio entre nosotros se redujo hasta desaparecer. El aire cambió. Se volvió pesado, cargado de una electricidad incómoda. Su presencia lo llenaba todo.
Olía a algo oscuro, especiado, profundamente masculino, un aroma que se adhería a la piel y a los pensamientos.
Sus labios quedaron a un suspiro de los míos.
No me besó.
Ese fue el castigo.
—Un trato siempre tiene matices —susurró, con una voz tan baja que me erizó la piel—. Depende de quién los controle.
El roce llegó después.
Mínimo. Apenas un