—Azkarion… este no era el trato.
Mi voz sonó firme, incluso desafiante, pero por dentro todo era un caos.
Las reglas que yo creía claras se estaban desdibujando frente a mí, y él lo sabía. Siempre lo sabía.
Azkarion sonrió, lento, con esa expresión peligrosa que no pedía permiso ni disculpas. No era una sonrisa amable; era la de un hombre que comprende el deseo ajeno como un arma y disfruta usarla con precisión quirúrgica.
Se acercó sin prisa, como si cada paso fuera una decisión calculada.
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