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Capítulo: Beso en la medianoche

Había pasado un mes desde mi renuncia, aunque a veces sentía como si hubiera sido ayer. El silencio de mi departamento era cómodo, pero también era el recordatorio constante de que había escapado. Intentaba convencerme de que lo había hecho por mi salud mental, por mi dignidad… pero aun así, cada rincón parecía murmurar el nombre que trataba de olvidar: Azkarion D’Argent.

Mateus era el único puente que mantenía con ese mundo. De vez en cuando me escribía, como si quisiera asegurarse de que seguía viva. Fue él quien me contó primero sobre Claudette, la mujer nueva de mi jefe, según él, ya había detonado tres crisis en la empresa.

“Es una perra, Verena, no sabes el caos que está causando”, me dijo. Yo solo sonreí con una mezcla de alivio y lástima. Por un instante pensé que tal vez Azkarion me extrañaba como su asistente. Pero inmediatamente me corregí: él no extrañaba a nadie.

Días después, me escribió con una noticia distinta, dura: el abuelo de Azkarion, el señor Finneas D’Argent, estaba gravemente enfermo.

Sentí un nudo extraño en la garganta. Me lo imaginé ahí, junto a su cama, con esa frialdad que caracterizaba cada una de sus decisiones… pero con los ojos enrojecidos por dentro. Porque por mucho hielo que cargara encima, eso sí lo sabía: Amaba a ese viejo más que a cualquier otro ser humano.

Colgué la llamada con Mateus y me quedé inmóvil unos segundos. Sabía que ese vínculo familiar siempre había sido complicado. Azkarion era fruto de un matrimonio arreglado. Su padre jamás amó a su madre. Y encima existía ese hermano ilegítimo al que la familia había decidido borrar de la historia. Todo eso hacía que él fuera el heredero perfecto, el favorito del abuelo… pero no del propio padre.

Me acomodé en el sillón, encendí la televisión sin prestar atención a nada. Había ido ya a dos entrevistas, y una de ellas parecía prometedora: la asistente de la CEO de la marca de maquillaje más exitosa del país. Un trabajo digno, intenso, y lo más importante: un trabajo lejos de él.

Había enviado la mayor parte de mis ahorros para la recuperación de mi hermana. Verla mejor era lo único que me daba verdadera paz. Me quedé con lo necesario para continuar un par de meses sin preocupaciones. Todo parecía encaminado… al menos en teoría.

Después de cenar, me preparé un baño caliente. El vapor llenó el baño y por un momento pensé que podía respirar de nuevo. Pero apenas cerré los ojos, volvieron destellos de esa noche, de ese momento que yo había decidido no procesar. Mi mente hacía todo lo posible por bloquearlo. Cada vez que amenazaba con asomarse, lo enterraba bajo trabajo, limpieza, series, cualquier distracción.

Porque si lo dejaba salir, sabía que mi cordura se tambalearía.

Salí del baño con una bata suave, todavía con gotas tibias resbalando por mi piel. Fue entonces cuando escuché el golpe seco en la puerta.

Me detuve.

Eran las diez de la noche. Nadie debía buscarme. Sentí cómo mi estómago se contraía, una punzada de miedo subiéndome por la columna. Me acerqué despacio, cada paso más tenso que el anterior. Miré por la mirilla… y no vi nada.

Golpearon de nuevo, más fuerte, y mi respiración se entrecortó. Cubrí mi boca para no soltar un grito nervioso.

—¿Quién es? —pregunté con un hilo de voz.

Nadie respondió.

—Si no dices quién eres… llamaré a la policía o a seguridad —amenacé, con más miedo que firmeza.

Entonces escuché esa voz. Esa voz imposible de confundir.

—Soy Azkarion. Abre la puerta ahora mismo, Verena. O la voy a romper.

Un escalofrío me recorrió entera.

¿Él? ¿A estas horas?

¿Por qué?

Abrí sin pensar. Debí haberlo hecho, pero estaba paralizada.

La puerta se abrió de golpe y él entró con una presencia que llenó todo el departamento, como si hubiera desplazado el aire mismo. Su mirada cayó de inmediato sobre mí… y apenas un segundo después bajó, recorriendo con descaro la tela fina de mi bata, deteniéndose en cada curva que quedaba insinuada bajo el algodón húmedo.

Fue recién entonces cuando recordé que prácticamente estaba desnuda.

Mis mejillas se calentaron. Sentí mi corazón golpeando en mis oídos.

Azkarion respiró hondo y dio un paso atrás, como si necesitara controlar algo interno.

—¿Qué… qué haces aquí? —pregunté, sin poder ocultar mi turbación.

Elevó la mirada, oscura, tensa, como si hubiera atravesado un infierno entero antes de llegar a mi puerta.

—No acepto tu renuncia —sentenció. No era una petición. No era un diálogo. Era un decreto.

No tuve tiempo de reaccionar.

Él avanzó en una sola zancada, me tomó por los hombros con firmeza —esa firmeza que conocía demasiado bien— y antes de que pudiera protestar, escapar o pensar, me besó.

Un beso que no pedí, pero que mi cuerpo recordó.

Un beso que sabía a rabia, a necesidad, a vacío, a una tensión acumulada durante semanas.

Mis dedos se aferraron a la tela de su camisa empapada por la lluvia. Sentí su respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando con violencia. El mundo se redujo a ese instante, a su boca, reclamando la mía como si tuviera derecho.

J.D Anderson

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