Rompí el papel con rabia.
No fue un gesto elegante ni controlado. Fue un acto impulsivo, casi violento. Mis dedos desgarraron la nota una y otra vez hasta que las palabras dejaron de existir, hasta que el nombre de Nicandro quedó reducido a fragmentos irreconocibles.
Lancé los pedazos al bote de basura y los empujé con la mano, como si así pudiera borrar también su atrevimiento, su locura, su obsesión enfermiza.
No podía entender en qué momento había perdido la razón para creer que existía algo entre nosotros. Algo más allá de un pasado enterrado, clausurado, muerto.
Lo único que sentía era asco.
Asco por su amenaza. Asco por su arrogancia.
Asco por atreverse a manchar el día más importante de mi vida.
Respiré hondo, obligándome a recuperar el control. No iba a permitir que un hombre como él me robara ese momento.
No después de todo lo que había atravesado para llegar hasta allí.
Pronto llegó la hora de la boda.
El murmullo de la casa, los pasos apresurados de las empleadas, el tinti