Rompí el papel con rabia.
No fue un gesto elegante ni controlado. Fue un acto impulsivo, casi violento. Mis dedos desgarraron la nota una y otra vez hasta que las palabras dejaron de existir, hasta que el nombre de Nicandro quedó reducido a fragmentos irreconocibles.
Lancé los pedazos al bote de basura y los empujé con la mano, como si así pudiera borrar también su atrevimiento, su locura, su obsesión enfermiza.
No podía entender en qué momento había perdido la razón para creer que existía algo