El cielo fue ocupado por el rostro furioso de Furr y su ojo frenético. Eso sería lo último que Desz vería, la ira más absoluta y sobrecogedora.
La mano del Tarkut de violeta mirar aferró la flecha, que se hundía más y más en el destrozado cuello de Desz. Él ya no luchaba, no con su fuerza al menos, no ganaría el más fuerte. Él lo miraba. Eran sus ojos grises y serenos el hogar cálido donde Furr hallaba siempre calma, era su pecho el refugio donde lo adormecía el quedo latir de su corazón.
Un po