La blusa que Lis llevaba terminó en el suelo y ella se tapó con las manos. El Tarkut le jaló los pantalones.
—¡Espera, Desz!... ¿Y si esa criatura está viéndonos?
Él sonrió ladinamente, acomodándose entre sus piernas.
—Entonces, esperemos que sus celos lo hagan revelar su presencia. Si de verdad le importas, que se muestre e impida que seas mía.
Lis sonrió también. Entre los brazos de Desz, poco importaba quién la persiguiera, ella se sentía segura.
—¡¿Me has escuchado, engendro?! —vociferó