Reino de Galaea, frontera con Balai
Lenta era la marcha en las fangosas tierras de la ciénaga, que se extendía por el reino como las sombras al atardecer. En la monotonía de los árboles oscuros y ausentes, no parecían avanzar. Furr no se sorprendería si, al alcanzar por fin la salida, se hallaran frente al estrecho con los guardias balaítas congelados que habían dejado atrás hacía tanto.
Sólo sus voces se oían entre la bruma, que llenaba el aire de espesa humedad. Así fue por largo rato, no veía