La mujer del Cóndor: 67. Ya no seré una víctima.
Me dirigí rápidamente a Lorenzo, quien estaba sentado en el suelo, intentando recuperar el aliento. El sonido de su respiración entrecortada me preocupó aún más, pero, gracias a Dios, noté que llevaba puesto el chaleco antibalas. Con manos temblorosas, me acerqué y le desabotoné la camisa con rapidez.
—¿Estás bien, mi amor? —pregunté, mi voz cargada de miedo, mientras lo observaba de cerca. Su rostro, aunque pálido, parecía aliviado por el chaleco.
—Sí... y sígueme diciendo así... —respondi