Gustavo
Su provocación era una tentación a la que no quería resistirme. Mientras caminábamos hacia un pasillo vacío, sentí su cuerpo estremecerse bajo mi toque. Empecé a probar varias puertas, hasta que encontré una abierta. Livia soltó una pequeña risa nerviosa, pero no se apartó. Sentí el ritmo acelerado de su respiración a cada paso. Una electricidad, una química imposible de ignorar.
—¿Qué pretendes, Gustavo? —me preguntó, jadeante.
—Ya lo verás, dulzura.
Entramos en la sala y cerré la puer