Gustavo
Lívia seguía evitando mi mirada. Jugaba con la servilleta, distraída, como si quisiera fingir que aquella cena era solo una cena. Apoyé el codo sobre la mesa, incliné un poco el cuerpo hacia adelante y hablé en voz baja, otra vez:
—Te quiero, Lívia.
—¿Qué? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Sé que me escuchaste.
—Gustavo, creo que estás un poco confundido.
—No estoy confundido en lo más mínimo. Sé muy bien lo que estoy sintiendo.
Bajó la mirada, moviendo el anillo en su dedo, nervios