El centro de detención federal en el centro de Los Ángeles olía a limpiador industrial y a resignación institucional. Había estado en instalaciones como esta muchas veces como abogada defensora, siempre al otro lado del cristal, siempre con el maletín en la mano, siempre siendo la persona cuya presencia representaba la posibilidad de que se abriera una puerta.
Hoy seguía con el maletín en la mano.
El guardia del mostrador de admisión miró mi identificación. Luego su pantalla. Después me miró de