Arya.
Maximiliano no parecía mi esposo; era una sombra del hombre con el que me había casado.
Quedar invalido le había cambiado la vida en forma drástica.
La calidez de su mirada se había esfumado, ahora me miraba con odio.
—Max, come algo. Yo misma preparé está sopa.
—No tengo hambre, ya vete.
El plato de sopa fue alcanzado por el manotazo de Maximiliano.
Por fortuna no me salpicó, vi el contenido en el piso y se me humedecieron los ojos.
La furia de Maximiliano iba en aumento, ese día estaba