Gael.
—¡Dime!, no me ocultes nada, ¿Qué te dijo el doctor?
Sus ojos me exigían una verdad que yo no tenía las fuerzas para pronunciar.
Me quebré y me incliné hacia ella, atrapándola en un abrazo, desesperado.
Hundí mi rostro en su cuello mientras los sollozos que había reprimido escapaban de mi pecho.
Mis lágrimas corrieron sin freno y su cuerpo se tensó. No entendía nada. No comprendía cómo el hombre autoritario se deshacía en llanto sobre su hombro como un niño.
Toda mi vida siendo el duro de