—Señor, no quiero ser la causa de sus problemas, su hija Tamara, fue clara.
—Mientras yo viva, soy el dueño y señor del imperio Altamirano. ¡Usted se queda!
Todos dormían en la mansión, Gael me llevó cargada a la habitación.
—Gracias, por haberme defendido.
—Era mi deber, lamento lo sucedido está noche.
—Yo lo lamento más que usted.
Me quedé en silencio esperando que se fuera, y él continuó allí de pie mirándome.
—Eres impulsiva, de no ser porque te ví salir, te hubieran hecho daño.
—No me i