El estruendo de los disparos se intensificó, seguido por gritos de dolor y órdenes gritadas en vano. El caos se extendió por el complejo como una tormenta descontrolada, y Aslin sintió su pulso acelerarse. Sus ataduras la mantenían en su lugar, pero la confusión a su alrededor era su única oportunidad.
El doctor frunció el ceño y se alejó un paso, como si calculara si valía la pena continuar o si era más prudente retirarse. Los guardias intercambiaron miradas tensas. Uno de ellos se acercó a la