El aire en la cueva se tornó más denso, como si la oscuridad misma estuviera reteniendo el aliento. Aslin permaneció inmóvil, su cuerpo aún temblando por el esfuerzo y el frío. Su instinto le gritaba que retrocediera, que buscara otro camino, pero su razón le decía que afuera la esperaban hombres que no dudarían en llevarla de vuelta a ese infierno.
Con los ojos bien abiertos en la penumbra, trató de distinguir más detalles de la cueva. Se agachó y deslizó la mano por el suelo húmedo, sintiendo