Apenas crucé las puertas oxidadas, el eco de mis pasos se perdió en el silencio denso del lugar. La vieja fábrica olía a polvo, a aceite quemado y a recuerdos podridos. Las paredes estaban cubiertas de manchas y el suelo crujía bajo mis botas. Todo era una trampa, y lo sabía. Pero no me detuve.
Entonces los vi.
Guardias.
Al menos una docena de ellos, armados hasta los dientes, con fusiles automáticos, chalecos blindados y rostros sin expresión. Me rodearon sin moverse, como estatuas listas para