ADRIÁN
Seguimos caminando entre risas, saludos y música suave. El ambiente es más ligero de lo que imaginé. Alegre y Cálido. Me acerco a saludar autoridades, empresarios, viejos conocidos del mundo corporativo. Presento a Bianca con orgullo, tomándola de la mano, sintiendo cómo su presencia roba miradas sin siquiera proponérselo. No necesita esforzarse ni necesita demostrar nada. Simplemente… brilla.
Algunos me observan con una mezcla incómoda de lástima y curiosidad, como si esperaran ver a un hombre roto, hundido por la tragedia.
Los ignoro.
No tengo tiempo para sus miradas ni para sus conclusiones apresuradas.
Yo solo sonrío como un idiota, al ver a Bianca.
Porque es mi mujer.
Porque está aquí conmigo.
Porque, aunque en algún momento creí que todo se iba a ir al carajo… no fue así.
Me inclino hacia su oído, aprovechando que nadie nos presta atención.
—Entonces… —susurro— ¿ya nos reconciliamos?
Se lleva la mano a los labios para contener la risa. Me mira de reojo, cómplice, divertid