BIANCA
Francis se llevó a Victoria.
Mi hijo continúa jugando en el suelo de la sala, completamente ajeno a las preocupaciones de los adultos, mientras Adrián toma asiento frente a mí. Durante unos minutos ninguno dice nada. El silencio no resulta incómodo; después de tanto tiempo juntos aprendimos a convivir con él, a entendernos incluso cuando las palabras no aparecen.
Aun así, parece notar demasiado rápido que algo no anda bien.
—¿Qué sucede, preciosa?
Su voz rompe la quietud de la habitación