Esa tarde
Benjamín me llevó a recoger a William a la escuela. Mi hijo estaba algo más relajado en su compañía, aunque todavía mantenía cierta distancia.
— Hola, campeón — lo saludó Ben, inclinándose para estar a su altura. — ¿Qué tal el día?
William se encogió de hombros y murmuró: — Bien.
Benjamín no se desanimó. Sacó de su bolsillo un pequeño llavero con forma de árbol y se lo entregó.
— Lo vi y pensé que te gustaría. Es para que pongas las llaves de tu bicicleta, o lo que quieras.
William to