La habitación se llenó de una cálida sensación, iluminada apenas por el titilar de las luces navideñas que se filtraban desde el pasillo.
Los sonidos del mundo exterior quedaron en un segundo plano: el susurro de la nieve contra la ventana, el crujido ocasional de la casa al asentarse contra el viento. Todo lo que existía era ese momento, ese espacio compartido entre ellos.
Benjamín deslizó sus manos por el rostro de Winnie, enmarcándolo con cuidado como si estuviera contemplando algo sagrado.