Marina le arreglaba la corbata a aquel atractivo hombre; ella pocas veces había hecho aquello con Esteban, pues en la mayoría de las veces, él se quejaba de que el nudo no le había quedado perfecto.
Efraín, contrario a ello, aprovechaba para aferrarse a sus caderas y de vez en cuando robarle un beso.
—Bien, mi muy atractivo hombre de negocios, ¿estás listo para ir a trabajar? —dijo Marina pícaramente.
—Si te soy honesto, después de la mañana que acabamos de tener, quisiera irme a casa, arranc