Elena
«Ryder…»
Su nombre fue un pedazo de vidrio irregular en mi garganta. Lo miré fijamente, con la visión borrosa mientras la realidad de su rostro —la inclinación afilada y familiar de su nariz y esa boca cruel y hermosa— se asentaba. No me ofreció ni una palabra de consuelo. Solo se quedó allí, su silueta recortada contra el gris que avanzaba con la mañana, su expresión tan ilegible como un libro de contabilidad cerrado.
En ese silencio, mi corazón no solo se rompió; se evaporó. *Por supue