—Ahí.
Mariana estaba en la entrada.
Con una maleta.
Una maleta grande, negra, de esas que no se usan para “voy a comprar pan”. Llevaba gafas oscuras aunque el día estaba nublado, el cabello recogido y una cara de culpa tan obvia que casi me dio rabia adicional. Ni siquiera sabía huir con dignidad.
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