Yo salí de la clínica con la carta real, la carta falsa y una nueva razón para desconfiar hasta de las plantas decorativas.
La frase de Salvatierra se me había quedado pegada en la cabeza como chicle en zapato caro.
La amiga útil.
Así la llamaba Renata.
La amiga útil.
No “la mujer”. No “la conocida”