69.

Desperté con dos problemas.

La escarcha seguía pegada en mi mano y el beso de Damián seguía pegado en mi cabeza.

Lo primero era culpa de Mateo.

Lo segundo también, un poco, porque si ese niño no hubiera puesto a su padre a colorear pasto y a ganarse media estrella, yo no habría terminado besando a un hombre con brillo en los dedos y demasiada práctica pendiente.

Qué desastre.

Me miré la mano bajo la luz de la cocina y ahí seguía la escarcha, muy campante, como si hubiera firmado contrato de per
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