Capítulo 8. La llegada del inquisidor
El aire era gélido, la escarcha teñía los campos de blanco, y el cielo, cubierto de nubes espesas, parecía pesar sobre los caminos húmedos y resbaladizos. El viento del suroeste cortaba como cuchillas finas sobre el rostro de Entienne Valois, pero él no se detuvo. No era hombre de detenerse.
Desde el palacio en Londres hasta la Abadía de Caelia, en Cornualles, había exactamente treinta y seis horas de trayecto continuo en carroza. Entienne solo permitió dos pausas breves: una para que su caball