Julia se dio la vuelta y lo vio recostado contra la puerta, emanando un encanto inexplicable.
Dios no era justo, no solo le dio el poder supremo, sino también una apariencia perfectamente atractiva.
—¿La compraste?— preguntó ella.
Andrés la miró y sonrió:
—Sí, puedes tomarla si te gusta.
—Oh.
Julia respondió secamente, volviendo a colocar el bolso en su lugar. La última vez que él le regaló un collar de diamantes rosa, también lo dejó en el vestidor. No tomaría cosas que no le pertenecían.
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