Después de dos semanas de tratamiento, Diego estaba casi recuperado, aunque la enfermedad aún era contagiosa y necesitaba quedarse en el hospital unos días más.
—Me alegro—dijo Julia, satisfecha de ver a su padre frente a ella. Puso su mano contra el cristal, junto a la de su padre. —Papá, ¿te duele algo más?
—Estoy casi bien, solo siento la garganta un poco irritada y tengo algo de tos.
—Entonces, papá, no te quedes de pie. Siéntate, por favor—, le pidió Julia.
Diego se sentó sonriendo. —Julia,